Aprender a leer y escribir es como volver a nacer, venir a la luz del mundo. Así lo sienten los hijos de esos pueblos originarios que ahora se sacuden de siglos de exclusión
Por: Margarita Barrio
Correo: cida@jrebelde.cip.cu
01 de febrero de 2007 13:32:42 GMT
Para Petronila la vida cambió de color. Luego de más de cinco décadas —las mujeres no gustan de decir su edad— sin derecho a conocer las letras, ella ha encontrado el camino del saber. «No es que ya esté todo hecho», dice sin pena. Ella sabe que le queda mucho por aprender, pero se ha abierto una ventana que por muchos años le estuvo cerrada.
«¿Cuántas veces nos engañaron?», se pregunta esta indígena boliviana. «Ahora que sé leer y escribir, no pueden negarme las verdades que siempre me ocultaron. Puedo estar más cerca de las cosas de la vida.
Petronila Quispe tiene un limitado vocabulario. Sin embargo, las palabras de agradecimiento le brotan fáciles cuando se trata de reconocer al gobierno y al pueblo cubanos. «Muchas gracias»... y luego me dice algo que no puedo entender. «Es aymara —su lengua natal. Es una frase de halago para ustedes. También para Evo Morales, nuestro Presidente. Gracias a él, a Fidel y a todos los cubanos yo puedo ver ahora la luz».
Petronila considera este viaje a Cuba como una gran oportunidad. «Mis amigas y yo, en el Departamento de Pando, en Cochabamba, hemos crecido. Ahora, cuando regrese, voy a decirles a todas las señoras que hay que seguir estudiando. Les voy a transmitir el ánimo que he ganado con esta visita, que ha sido muy importante para mí, ha sido un verdadero premio».
CRECÍ JUNTO A ELLOS
Comunicar a los otros lo que ya sabemos, es un deber. La alfabetización es una oportunidad de hacer el bien, de sentirse útil, de ver crecer a la humanidad, de ayudar a terminar con las injusticias que hay en el mundo.
Así piensa Lenida Roca, una de las tantas facilitadoras que en Bolivia han guiado la alfabetización. Entre sus alumnas estuvo Petronila, y otras muchas personas que ponen todo su empeño para salir de las penumbras.
«No es solo enseñarles las letras. No es solo que aprendan a leer y a escribir. Hay que ser maestra y psicóloga, porque es necesario motivarlos para que no pierdan el empeño de aprender.
«Tienes que tener mucha paciencia. Hay que enseñarles todo, desde cómo tomar el lápiz, hasta que la firma no es lo mismo que el nombre completo. Y sobre todo tratarlos con mucho amor, darles mucho ánimo.
«Son personas que han estado toda una vida en la oscuridad. Tienen grandes dificultades para aprender; incluso entender los medios audiovisuales y mantener la atención les es difícil.
«Cuando uno convive con ellos y conoce sus problemas la tarea se va haciendo más fácil. Hay que levantarles la autoestima, porque se sienten tímidos, algunos dicen “somos adultos, no vamos a poder estudiar”. Entonces hay que demostrarles que sí pueden, que con voluntad todo es posible».
—¿A cuántas personas alfabetizaste?
—El mínimo eran 15, y yo tuve 25 alumnos. Entre ellos había jóvenes y personas mayores, hasta de 67 años. Logré que 20 aprendieran a leer y escribir, los otros siguen hoy realizando su esfuerzo.
—¿Qué significó verlos aprender?
—Es muy emocionante. Sobre todo porque son personas que tienen muchos años de limitaciones. Me sentí satisfecha, realizada, porque estaba haciendo algo útil. Cuando ellos llegan a su meta, yo llego con ellos.
«Sé que con mi esfuerzo estas personas lograrán tener una vida más satisfactoria, alcanzarán otro nivel, su felicidad es parte también de mi existencia.
«Yo había abandonado la Pedagogía, no había terminado los estudios. Sin embargo, ahora estoy decidida a seguir en este empeño, este es mi camino. Yo crezco junto a ellos».
UN JOVEN VOLUNTARIO
Cuando el joven boliviano José Arias decidió venir a Cuba para hacerse maestro, no pensó que participaría en una campaña de alfabetización en su país. Su deseo era ayudar, sabía la situación de su pueblo, y se hizo Licenciado en Educación Especial, en el Instituto Superior Pedagógico de Pinar del Río.
«Yo me gradué en el 2005, y regresé inmediatamente a mi país. Allí hice algunas prácticas, y cuando conocí que se realizaba una campaña de alfabetización me brindé para participar, de manera voluntaria.
«Me incorporé inmediatamente al proceso, junto a los cooperantes cubanos y venezolanos. Participé en el pilotaje a nivel nacional, y fui supervisor de la puesta en práctica del Yo, sí puedo».
—¿Por qué escogiste a Cuba para venir a estudiar?
—Tenía la expectativa de cualquier joven que quiere ser profesional, y estudiar una carrera que me permitiera ayudar a mi pueblo.
«Con las necesidades educativas de mi país, la Pedagogía era sin dudas una buena opción. Conocía de la experiencia de Cuba en ese campo, por lo tanto era obvio que me iba a poder preparar muy bien. No lo dudé, vine a Cuba y me gradué».




